“Alienación” alienada

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“Alienación”, el cuento de Ribeyro sobre el zambo Roberto López que sueña con “deslopizarse y deszambarse”, debe ser hoy por hoy una de las narraciones más populares que abordan la temática del racismo nacional. Quizás por la actualidad del tema –la trágica muerte de George Floyd ha marcado un nuevo momentum para las luchas antirracistas en el mundo– es que el cortometraje de Alex Fischman del mismo nombre, basado en Ribeyro y premiado en Los Angeles Diversity Film Festival 2020, ha sido elogiado en redes sociales y diarios por su posicionamiento contra el racismo. Mi opinión es precisamente la contraria: lo que no hace el corto es posicionarse contra el racismo. De hecho, ni siquiera lo piensa. Trataré de argumentar sobre este punto.

En el cuento de Ribeyro, Roberto López es un chico que, tras el traumático rechazo racista de su interés amoroso (el ya famoso “Yo no juego con zambos” de la blanca Queca), se vuelve experto en reconocer aquello que Walter Twanama denominó con acierto el “modelo matemático para cholear”. Twanama explica cómo en la práctica del choleo y, de manera extendida, de la discriminación racista, los peruanos realizamos una ecuación para saber quién cholea a quién. En esta ecuación, incorporamos factores que van más allá de los rasgos físicos y color de piel, como estatus socioeconómico, manejo del castellano, procedencia geográfica y nivel cultural o educativo. “Los peruanos somos rapidísimos en leer esos detalles, o en inventarlos”, agrega Twanama.

Mi opinión es precisamente la contraria: lo que no hace el corto es posicionarse contra el racismo. De hecho, ni siquiera lo piensa.

Cualquiera que haya experimentado el racismo comprenderá a lo que se refiere Twanama y, todavía más, que la aplicación de esta matemática es tan rápida que resulta casi automática o inconsciente. La matemática del racismo es fundamental para el cuento “Alienación” porque, tras el episodio racista, lo que ocurre con Roberto es que se ocupa de desenredar los secretos de esta matemática. El protagonista, dice la narración, deja de ser “el reflejo del mundo” y deviene en “el órgano vigilante que cala, elige, califica”. Después de unos años de entrenamiento en la matemática del racismo, él es el único –y no sus amigos blanquiñosos– que nota que la adolescente poco a poco va descartando a los amigos del barrio hasta quedarse con el más blanco: Chalo Sander (a su vez, una simulación del “original”, el gringo pecoso y pelirrojo descendiente de irlandeses Billy Mulligan).

Pero lo que en el cuento aparece como una pulsión taxonomizante en su modo invertido (no como una matemática para ejercer racismo de modo activo sino como una ruta para “deszambarse” y “deslopizarse”), en el corto de Fischman ni siquiera asoma. Si en el Roberto López ribeyriano hay una fría mirada de calculador, en el cortometraje hay resentimiento rabioso, que se vuelve hacia el propio protagonista mismo y su choledad (ya con el cabello rubio, y trabajando en una precaria feria de juegos mecánicos, discute con su amigo hasta llamarlo “cholo hijo de puta”) y que deviene en una suerte de disforia étnico-racial (no puede contemplarse al espejo sin romperlo).

El personaje ribeyriano es uno que instituye el racismo para producir una ruta de escape, para tener un plan; el personaje del corto de Fischman es uno depresivo, que no logra organizar sus pulsiones para construir un plan y donde el intento de cruce de la frontera entre México y Estados Unidos tiene ribetes de suicide by cop o de parodia de una serie de drug-dealers antes que otra cosa.

Si en el Roberto López ribeyriano hay una fría mirada de calculador, en el cortometraje hay resentimiento rabioso, que se vuelve hacia el propio protagonista mismo y su choledad.

Por supuesto, no es casual la elusión en el cortometraje de aquello que era central en el cuento: que la alienación de Roberto, su tránsito a Boby y luego a Bob Lopez, se constituye a través de un plan (un plan que, además, causa molestia al narrador blanco, como lo señala un ya clásico ensayo de Guillermo Nugent). No es casual porque es un cortometraje pensado para que circule en festivales extranjeros que celebran la diversidad (¿diversidad de quién o, más bien, diversidad para qué?), pero que no hacen mucho por problematizar el problema de la discriminación y el racismo.

Son estos espectadores extranjeros los mismos que agradecerán que la imagen que abre el corto sea adecuadamente la de una definición de la palabra cholo –lo que nos da pistas de a quién va dirigido el cortometraje: ¿necesitan los residentes racializados de la periurbanidad que protagonizan el filme un diccionario que les recuerde qué significa ser cholo en el Perú?–, y que una de las tomas finales sea un alegato miserabilista sobre la situación de la inmigración ilegal a los Estados Unidos, con muerte y sangre en la frontera incluida. Del cuento de Ribeyro hay poco en el cortometraje; de pensar el racismo peruano, menos todavía.

Esta entrada tiene un comentario

  1. Carlos Z.

    Me parece interesante el artículo porque va en la línea de cómo la cultura de lo políticamente correcto evade precisamente la discusión. Es una cultura que busca el silencio de la posición contraria, así sea a gritos; y hay películas (pienso en el vergonzoso capítulo de The green book imponiéndose a todas las otras películas superiores) que parecen estar filmadas a gritos. Películas para “decir”, películas en el fondo moralistas. Se piensan contemporáneas, cuando en el fondo son vergonzosamente (en su fondo y en su forma) conservadoras.

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