Eso que no es el azar

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El azar es la fuerza más poderosa que obra sobre la vida y sobre los asuntos de la vida. Todo, de alguna manera, lo queramos o no, está relacionado a él. Es una tarde de verano, en el año de la muerte de tu abuelo, y la persona que vas a amar por los siguientes tres años entra en el bar y se sienta a una mesa de ti. ¿Cuántas miles de coincidencias en cadena han sido necesarias para que esto ocurra? Tomando en cuenta que ella nació a 10.021 kilómetros de distancia y que tú ahora mismo estarías en Buenos Aires o Madrid, pero no quisiste o no pudiste. Y ella, por equis razones que nada tienen que ver contigo, aceptó un trabajo en Lima. Y así, miles de microscópicas decisiones y giros del destino los reúnen esa tarde en un bar al que normalmente no irían. Y las cosas avanzan como todo en la vida, llenas de infinitas posibilidades. Sí, infinitas posibilidades: lo que normalmente supone exactamente lo opuesto a morir.

¿Qué sería de la vida si no fuera hijo de mis padres o amigo de mis amigos? ¿Quién sería yo si hubiese nacido en 1995, y no en 1989? ¿Qué sería de mi familia si esa mañana de 1951 mis abuelos no hubieran entrado a la misma panadería?

Han muerto tantas personas en los últimos meses, que la vida parece haber perdido territorio, y el azar últimamente parece jugar más en favor de la muerte que de la vida. Nuestro destino está expuesto a un giro repentino cada vez que respiramos el mismo aire que otras personas, cada vez que nos pasamos nuestras propias manos por el rostro o que elegimos un día poco afortunado para hacer las compras. ¿Nuestro sistema inmunológico está regido por las coincidencias también? ¿Las herencias genéticas, el tamaño y la potencia de nuestros órganos no están también determinados por las casualidades? ¿La forma en la que vivimos no es acaso la suma de diminutas decisiones y, al mismo tiempo, de imposiciones antojadizas del destino?

Han muerto tantas personas en los últimos meses, que la vida parece haber perdido territorio, y el azar últimamente parece jugar más en favor de la muerte que de la vida. Nuestro destino está expuesto a un giro repentino cada vez que respiramos el mismo aire que otras personas, cada vez que nos pasamos nuestras propias manos por el rostro o que elegimos un día poco afortunado para hacer las compras.

Cuando un anciano, un día cualquiera, se recuesta en un sillón, cierra los ojos y muere, lo entendemos como un suceso perfectamente lógico: la muerte como lo que le sigue a la vida. Pero cuando las circunstancias hacen que la muerte se atraviese en el medio es un fenómeno más injusto y doloroso. Y lo hace más intragable aún el hecho de que los responsables tengan nombre y apellido. Porque en este caso en particular el azar solo hizo parte del trabajo. El resto lo hicieron aquellos que llevan décadas saqueando la salud pública. Sabemos quiénes son, cómo se ven, cómo visten y qué discursos y formas promueven.

Hemos empezado a contar nuestros muertos por decenas de miles. ¿Podemos asumir eso como una mera coincidencia? ¿Podemos llegar a creer que tantos muertos sean solamente a causa de la respiración del otro, de nuestras propias manos, de un día desafortunado para salir a comprar?

Eso es imposible.

Esta entrada tiene 2 comentarios

  1. María Eugenia Umbert

    Que entretenido, como siempre. Sigue adelante

  2. Herlan Freyre Antich

    Es cierto. Es entretenido leerlo.
    Siga adelante, esfuercese por mostrarse crítico y a la vez divertido.

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