Solidaridad bastarda

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Como lo recordaba el investigador Carlos Zevallos Trigoso durante una reciente conversación, la nuestra es una época marcada por el desplazamiento del poder pastoral hacia las y los influencers de redes sociales. Poder pastoral: una prerrogativa antes reservada para los sacerdotes cristianos, encargados de guiar y cuidar de la sanidad de nuestras cuerpos, almas y mentes y de ofrecer una verdad; ahora es el terreno obligado de psicoterapeutas, centros holísticos, coaches ontológicos, youtubers de moda, cartas astrales y hasta algoritmos de inteligencia artificial. Son ellos los que hoy nos entrenan en nuestras economías afectivas y libidinales; son ellos los que nos dicen cómo sentirnos, qué consumir, cómo hablar y dónde vestirnos; son ellos los llamados a mostrarnos la verdad que yace en nosotros.

La última gran sensación en tal galería de personajes ha sido Osito Lima, un tiktoker cuyo modus operandi es bastante sencillo: grabarse dando dinero a una persona en situación de vulnerabilidad (ambulantes y barrenderas sirven por igual, pero mejor aún si se trata de una vendedora de caramelos quechuahablante) y desde allí buscar “inspirar” a que otros hagan lo mismo. La popularidad del gesto le ha conseguido miles de seguidores en redes, que alaban su “solidaridad y optimismo”, y aún la misma cantidad de detractores, que reconocen en su forma de operar el reforzamiento de una posición de desigualdad y la espectacularización de la pobreza.

Aquello de amasar capital social ofreciendo dinero a cambio de exponer a ciudadanos en situación de vulnerabilidad, no obstante, no es nuevo. Se trata de un tipo de política fácilmente reconocible en los medios masivos, que ya estaba en el Trampolín a la Fama de Augusto Ferrando –un modo particular de pornomiseria mediada por un carismático presentador; el talk show Laura en América de Laura Bozzo, y, en los últimos años, en el programa Porque hoy es sábado con Andrés de Andrés Hurtado (donde, de manera evidente –es decir, de manera obscena– el espectáculo televisivo se mezcla con la lógica de la dádiva política y la lavada de cara a funcionarios públicos cuestionados por corrupción).

Aquello de amasar capital social ofreciendo dinero a cambio de exponer a ciudadanos en situación de vulnerabilidad, no obstante, no es nuevo. Se trata de un tipo de política fácilmente reconocible en los medios masivos, que ya estaba en el Trampolín a la Fama de Augusto Ferrando –un modo particular de pornomiseria mediada por un carismático presentador; el talk show Laura en América de Laura Bozzo, y, en los últimos años, en el programa Porque hoy es sábado con Andrés de Andrés Hurtado

Que el Trampolín de Ferrando haya logrado su mayor apogeo en los años 80 y 90 no es coincidencia. Es precisamente esa la época atravesada por la crisis económica, la precariedad laboral generalizada, la destrucción de la utopía comunitaria de la mano de la catástrofe de Sendero Luminoso y la instalación de un proyecto y una sensibilidad (una “micropolítica”) neoliberal durante el régimen de Alberto Fujimori. Se trataban de simulacros de caridad que permitían sostener la esperanza en un futuro mejor, pero solo hasta el punto preciso en que no se exigiesen cambios reales. Lauren Berlant ha definido esta situación, de manera acertada, como optimismo cruel. El optimismo cruel, que es el tono afectivo preponderante del neoliberalismo, nos dice Berlant, existe cuando “algo que deseas” –léase, un estilo de vida, una fantasía, una narrativa, o simple y llanamente un producto cualquiera de consumo– es un “obstáculo para tu desarrollo”.

Enmarcada en esa misma economía afectiva del optimismo cruel, la popularidad del Osito Lima aparece como una suerte de revival posmoderno, falsamente anónimo, del gesto ferrandiano; y no es coincidencia tampoco que el clima en las calles, como el de los años 80 y 90, sea el de la “proletarización en masa” a causa de la crisis sanitaria y económica producto de la Covid-19 (Mijail Mitrovic lo comenta profusamente en un artículo de futura publicación). Optimismo cruel en tiempos de coronavirus: por ejemplo, aferrarse a una fantasía de solidaridad bastarda, a un simulacro de solidaridad.

Es justo bajo el membrete de solidaridad que las acciones del tiktoker han empezado a aparecer en medios de televisión. A diferencia de los programas de las décadas pasadas, aquí ni siquiera se trata de la excusa de exponer el talento secreto (Ferrando) o las intimidades (Bozzo) de las clases bajas. Se trata sencillamente de dar una dádiva. Hay, por supuesto, más en todo esto: la escritora Katya Adaui ha dado en el clavo al mencionar la importancia del disfraz en todo esto: el tiktoker simula frustradamente (porque realmente no lo logra) que cualquiera puede repetir su gesto. Y la periodista Milagros Olivera ha comentado sobre el lenguaje del tiktoker (“papashito”, “mamashita”) que recuerda al del emergente que, tras hacer dinero él mismo, vuelve para redistribuirlo entre los más necesitados.

Es cierto que esta solidaridad bastarda, este simulacro de solidaridad es, al fin y al cabo, una necesidad por solidaridad real –y de allí, en parte, la popularidad del personaje–. El coronavirus actúa de un modo especialmente destructivo con la solidaridad, en tanto ataca nuestra capacidad para reunirnos, para estar juntos: separa a las familias, disemina el miedo y genera “enemigos invisibles” al montarse sobre la retórica del belicismo, e interrumpe procesos de duelo y muerte

Pero si algo completa el gesto posmoderno del tiktoker son sus frases. Lo verdaderamente siniestro es que, a fuerza de repetirlas, el personaje termina sonando como un generador aleatorio y automático de palabras de afecto y voluntarismo al que se le ha pegado un megáfono: “eres muy importante”, “te quiero mucho”, “eres hermosa”, “eres mi héroe”, “recuerda que puedes cambiar el mundo con pequeñas acciones”. Frases que, a fuerza de repetirse, pierden su sentido, como si se tratase del ruido blanco de las cárceles y albergues que imposibilita dormir a los internos, o como la luz de los casinos que hace que perdamos la noción del tiempo.

Es cierto que esta solidaridad bastarda, este simulacro de solidaridad es, al fin y al cabo, una necesidad por solidaridad real –y de allí, en parte, la popularidad del personaje–. El coronavirus actúa de un modo especialmente destructivo con la solidaridad, en tanto ataca nuestra capacidad para reunirnos, para estar juntos: separa a las familias, disemina el miedo y genera “enemigos invisibles” al montarse sobre la retórica del belicismo, e interrumpe procesos de duelo y muerte, en tanto ni siquiera poder despedirnos de aquellos que ya no están con nosotros. Pero la solidaridad, si es verdadera, no debería repetir frases salidas de libros de autoayuda, no debería estar reñida con este gran proceso de duelo generalizado, sino, al contrario, nacer del mismo, ayudar a reconocernos en nuestra vulnerabilidad, forjar lazos desde nuestros dolores compartidos.

Las micropolíticas del orden económico imperante (ese que busca separar la economía de la vida, y priorizar la primera sobre la segunda) buscan someternos a un estado perpetuo de felicidad y optimismo que dependa de nosotros mismos. El voluntarismo y la individualización de problemas estructurales, no obstante, serán siempre útiles al status quo, en tanto oculte las razones subyacentes de los problemas sociales, aquellas solo son posibles de cambiar a través de la acción comunitaria, de la verdadera solidaridad.

Esta entrada tiene 7 comentarios

  1. Abduli

    La popularidad de Ferrando es de la década del 1970, por alguna razón la pasas al 80 en que había mucha más rechazo contra este tipo de personaje.

  2. Juan

    Me agrada su artículo, real, certero, lo felicito, ante tantas caretas, mentiras, bondadosos falsos, abusos e ignorancia; da gusto ver lucidez y afán de esclarecer, ir más allá, somos seres pensantes, que no nos traten como borregos o cuyes.

  3. Jorge

    Lei tu nota y primero quiero comentar que no estoy de acuerdo tiktoker OsitoLima, mas bien comparto lo que mencionas que es una solidaridad bastarda. Solo mencionare que a veces y dependiendo de quien y del contexto si se puede repetir esas frases de libros de autoayuda que mencionas las cuales no son del todo malas, pero deben venir con algo mas que una sola frase o sea un mayor involucramiento con esta persona.

  4. Alexander

    “Torito mocho”, se te fue la luz de tu foquito en usar forzadamente “las” y “nuestras”. Como analista político eres buen poeta, pero si así escribes tus poesías, ahí nomás, paso.

  5. Jean Pierre

    Acertada tu columna. Solo una acotación. Carlos Alvarez hacía lo mismo en su fenecido programa “Trampolín Latino”.

  6. Gloria De Valera

    El afan permanente del peruano envidioso, frustado, amargado y de brazos cruzados que le encanta criticar y colocar nombres con maldad y NO con honestidad, esa es tu columna.

    Alguien que no se ensucia las manos, no comparte lo que tiene, cataloga sin investigacion, pero que sobre todo es completamente indolente a la miseria de Perú no deberia escribir sino ir a terapia. Que por cierto seria lo adecuado para alguien que desea escribir un articulo pero lo hace como si fuera novela poetica.

  7. Yanina

    Si esta fuera la nueva modalidad de TikTok la de ganar dinero con seguidores que ven estos actos de caridad y utilizar ese dinero para seguir ayudando, es una modalidad que todos deberian compiar, acciones que realmente harian la diferencia.

    Criticar por criticar utilizando la palabra bastardo es innecesario, El Osito Lima no esta cambiando la vida de esas personas, pero no sabes lo bien que se sintieron cuando si logro cambiar su semana con algo que comer. Porque no volverlo una moda? La moda de ayudar!

    Decepcionante articulo.

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