Nancy Chancas dentro de su casa inhabitable por el sismo del 18 de julio ocurrido en Chupaca, Junín. (FOTO: Erick Diaz Veliz)

Vivir entre escombros

En Chupaca y Huancayo, las provincias de Junín más golpeadas por el sismo de magnitud 5.1 registrado en la noche del 18 de julio, cientos de familias siguen viviendo en carpas frente a los escombros de lo que fueron sus casas. Han transcurrido 43 días desde la tragedia y la ayuda estatal está llegando a cuentagotas, mientras los damnificados deben soportar noches en las que el frío desciende hasta los 2 grados.

Texto: Erick Diaz Veliz
Fotos: Calle Pérez y Erick Diaz Veliz

Una ruma de muebles y maderas, junto a tejas y ladrillos rotos, yace en un barrio del distrito de Chupuro, provincia de Huancayo, en Junín. El barrio La Estrellita está a más de 3000 metros sobre el nivel del mar, frente al valle del Mantaro.

Brayan, de 4 años, juega dentro de una repisa que antes llevaba vajillas y utensilios de cocina. Ahora es su escondite cuando se aburre en la carpa provisional que les dio el Estado después del sismo de 5.1 en la escala de Richter que ocurrió en la noche del último 18 de julio.

De lo que un día fue la casa de Brayan, de adobe y tejas de dos plantas, ahora solo quedan paredes inclinadas, sin ventanas ni techos. Está totalmente inhabitable y amenaza con venirse abajo en cualquier momento.

“El sismo así me la dejó”, dice Ponciano Chancavilca, agricultor y abuelo de Brayan, mientras le avisa a su nieto que no juegue cerca de las paredes porque le pueden caer encima.

Brayan, 4 años, juega entre escombros de los muebles que había en su casa, en el distrito de Chupuro. (FOTO: Erick Diaz Veliz)

Es la tarde del jueves 6 de agosto y dos réplicas volvieron a remecer la tierra. El mayor miedo de Chancavilca es que haya un derrumbe del cerro Puccá, que escupa piedras y entierre la carpa donde vive por ahora con su familia.

“No tenemos adónde ir”, dice Chancavilca. “Pediría a nuestras autoridades que nos apoyen reubicándonos. Hemos perdido todo. Mi casa está toda rajada, inhabitable, y no sé qué esperanza tener”. El pedido de sus vecinos es el mismo.

Quince distritos de las provincias de Chupaca y Huancayo fueron afectados por el sismo y decenas de réplicas. Hay más de 5000 personas damnificadas, cientos de edificios inhabitables o destruidos, 6 fallecidos y alrededor de 150 heridos, según el Instituto Nacional de Defensa Civil (Indeci).

Los esposos Epifano Orihuela y Ricardina Urbina entre los muebles que pudieron rescatar de su casa derrumbada. (FOTO: Erick Diaz Veliz)

Chupuro no fue el epicentro del sismo del 18 de julio, pero sí una de las zonas más afectadas. Alrededor de 780 viviendas de construcción rústica han quedado destruidas, detalló el alcalde Angel Balbín.

El anexo de Pumpunya, en el distrito de Chongos Bajo, provincia de Chupaca, a 3340 msnm, en Junín, fue el epicentro aquella trágica noche.

Los esposos Paulino Romero y Ana Munive, ambos agricultores, terminaban de limpiar el patio de su casa en Pumpunya, antes de dormir. “Fueron segundos”, dice Munive, recordando cómo el sismo los dejó rodeados de escombros, polvo y oscuridad.

Escaparon siguiendo los gritos de su hijo, quien dormía con su abuela Hilda en la casa colindante. Al llegar, la casa de ladrillos de adobe yacía en escombros.

Con sus manos lograron mover el derribo y sacar al menor. La señora Hilda falleció porque le cayó una viga.

Ricardina Urbina sostiene una fotografía de su hijo Jeff, fallecido durante el sismo del 18 de julio. (FOTO: Calle Pérez)

Después de esa noche, Pumpunya quedó completamente desfigurada: 4 de los 6 fallecidos eran de este barrio. Lo que un día fueron casas de adobe en la plaza central con envidiable vista al valle del Mantaro son ahora pampas de tierra o montones de escombros retorcidos.

Los esposos Epifano Orihuela y Ricardina Urbina vivían en el mismo centro de Pumpunya y recuerdan una cotidiana tranquilidad antes del temblor.

Ellos nunca imaginaron que la tierra que trabajaron por décadas, sembrando y cosechando como agricultores y que alimentó a su familia, se movería hasta derrumbar su casa de adobe con sus dos hijos adentro. Uno quedó herido y aún camina con dificultad; el otro, Jeff, de 18 años, falleció en los escombros.

“Mi casa se hizo polvo y mi hijo falleció, le aplastó la casa, todos los adobones le aplastaron a mi hijo”, cuenta Orihuela. “Nos hemos quedado con el corazón partido; totalmente desolados por nuestro hijo. No estoy conforme con el presente ni con estar acá. Mi hijo no está”.

Los escombros de la casa de la familia Orihuela han sido removidos y ahora ellos viven en una pequeña casa prefabricada donada por voluntarios. En los alrededores están los muebles y herramientas que pudieron salvar.

Ponciano Chancavilca frente a su vivienda afectada por el sismo, en el barrio La Estrellita. (FOTO: Calle Pérez)

La familia Romero Munive no corre con esa misma suerte: aún viven entre escombros y en carpas que poco logran proteger del frío nocturno. El frío ha sido otra desgracia para aquellos que ya no pueden habitar sus hogares y no cuentan con módulos adecuados.

Brígida Quintana, de 88 años, y Felisa Román, de 75 años, fallecieron por complicaciones de neumonía tras dormir desprotegidas ante el frío extremo que alcanza los 2 grados.

El sismo no solo se llevó vidas y viviendas. También dejó a muchas familias en un limbo económico. La mayoría no tiene el dinero para retirar los escombros de sus propias casas.

La familia Romero Munive perdió animales, una pareja de burros y varios cuyes. La mototaxi con la que se movilizaban quedó aplastada. “Ahorita estamos en cero”, dice Paulino Romero. “No ganamos ni un sol. Los canales de riego están colapsados; no se puede ni sembrar”.

Foto aérea del anexo de Pumpunya, en el distrito de Chongos Bajo, tomada un mes después del sismo. (FOTO: Erick Diaz Veliz)

Entre Pumpunya, Chupuro y el centro de Chongos Bajo no hay más de 20 minutos en auto. Las carreteras están flanqueadas por casas derrumbadas y tiendas de campaña habitadas por más de una familia.

Cada cierto tramo, en auto o a pie, se observan carteles que dicen “Necesitamos ayuda” o “Lo perdimos todo, ayúdenos”.

“De la noche a la mañana me quedé en la calle”, cuenta Nancy Chancas, agricultora y madre de dos adolescentes. Su hija Carol, de 16 años, fue quien escribió ese cartel. La casa donde Chancas vivía con su hija también está inhabitable.  

Junín, por ahora, sigue temblando. Desde el primer sismo se han sentido más de 20 réplicas. La nueva normalidad ha sido tomada por el miedo a la siguiente réplica y la duda de qué edificio será el siguiente en caer. O sobre quién.