Ana Karina Barandiaran: La huella de una biblioteca para niños y niñas en el Jirón Contumazá

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Ana Karina Barandiaran: La huella de una biblioteca para niños y niñas en el Jirón Contumazá

Directora de la Biblioteca Miguelina Acosta
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Hasta hace unas semanas, el jirón Contumazá, en el Centro de Lima, era sinónimo de drogas, bares, prostitución, borrachos y orín. La pelea de dos mujeres a palazo limpio en pleno estado de emergencia atrajo las cámaras de la prensa y la Municipalidad de Lima, finalmente, se vio obligada a colocar una caseta de serenazgo y vigilancia policial. Así lo cuenta la artista plástica Ana Karina Barandiaran, vecina de esta antigua calle, quien está aprovechando la momentánea tranquilidad para jugar al “Avioncito” —también conocido como “Rayuela” o “Mundo”— con sus alumnos de la Biblioteca Miguelina Acosta.

Este espacio, iluminado por dos grandes ventanales y conformado por ambientes de techos altos, está ubicado en la vivienda que alquila junto a su novia desde hace más de un año en la esquina de Contumazá y Lino Cornejo. Unos meses después de iniciada la pandemia, abrió sus puertas y desde entonces recibe de lunes a sábado a niños y niñas desde los tres hasta los catorce años que quieran desarrollar habilidades en el arte y la lectura.

Los niños y niñas que visitan la Biblioteca Miguelina Acosta tienen a su disposición más de ocho estantes de libros con cuentos y literatura peruana. (Foto: Alfonso Silva Santisteban)

Ana Karina y Verónica empezaron este pequeño centro cultural de cero, gestionando donaciones de libros, armarios, instrumentos musicales y pequeñas mesas de madera y plástico. El lugar inicialmente estaba pensado para el préstamo de cuentos y el dictado de talleres, pero poco a poco las necesidades del público se hicieron evidentes: los niños y niñas que las visitaban no sabían leer. Como no querían ser las típicas profesoras, decidieron enseñarles a través de historias y juegos. La técnica funcionó y pese a la resistencia inicial, se resignaron y se convirtieron en Miss Ana y Miss Vero.

En la Biblioteca Miguelina Acosta se realiza una tarea complicada, teniendo en cuenta que se trata de un trabajo directo con infancias que conviven con la pobreza, que no van al colegio ni tienen acceso al programa “Aprendo en Casa” y que conviven junto a varias personas en cuartos pequeños dentro de las viejas casonas de quincha y adobe que alguna vez pertenecieron al desaparecido Convento de la Encarnación.

Pero no solo eso. Los niños y niñas del jirón Contumazá se forman en las calles de esta zona todavía es considerada “roja”, donde los episodios de violencia son protagonizados por personas que están bajo los efectos del alcohol y otras sustancias. Basta echar un vistazo a las amenazas, lisuras e insultos pintados en aerosol en las paredes para entender el nivel de agresividad.

Es entendible que frente a esa realidad, la Biblioteca Miguelina Acosta se haya convertido para los niños y niñas del jirón Contumazá en un espacio público, seguro, en donde pueden conectar con sus intereses, cuestionar los problemas del barrio y si lo necesitan, refugiarse en los cientos de libros que descansan en los estantes y que pueden llevarse a casa.

Trabajo desde el barrio

Para Ana Karina, mudarse al Centro de Lima fue una decisión importante que tiene como origen su historia familiar. Su abuela habitó Contumazá cuando era muy joven, y ahora es uno de los pocos recuerdos que las conecta y que acaba brevemente con su demencia senil, es el nombre de la calle empedrada.

Esa conexión es una de las muchas razones por las que no pasa por su cabeza abandonar el proyecto, pese a que por el momento está siendo financiado solo con sus ingresos y los de su novia. Han postulado a un incentivo del Ministerio de Cultura, pero no ganaron y actualmente esperan poder encontrar algún aporte que les permita hacer realidad la pequeña sala de proyección de películas con la que tanto sueñan.

También quieren convocar voluntarios, pero saben que, en plena segunda ola, será complicado, teniendo en cuenta que la cuarentena jamás se cumplió en su zona, donde la COVID-19 ya enfermó a casi todos. Sin embargo, las indicaciones para ingresar a la biblioteca son claras y respetadas por los niños y las mamás: el lavado de manos es obligatorio y también el cubrirse la boca y la nariz.

Entre libros, recortes y juguetes, los niños y niñas reciben un refrigerio para continuar con sus actividades los fines de semana. (Foto: Alfonso Silva Santisteban)

“Ha sido poco a poco, las niñas son las que empezaron a venir, nosotras comenzamos a saludar y a integrarnos también en el barrio”, cuenta Ana Karina. “Los niños nos cuentan que ven violencia, también hay un grupo de niñas que estaba todo el día en la calle y que no tenían desayuno, incluso una sufrió violencia sexual por parte de su padre”.

El trabajo es indesmayable y muchas veces requiere de un gran nivel de paciencia. Después de todo, son niños y niñas con ganas de descubrir y jugar. Eso le ocurre a uno de los alumnos mayores de la Biblioteca Miguelina Acosta, quien después de vender refrescos en la Plaza San Martín, corre a recibir sus clases de teclado con Ana Karina.

Prostitutas, borrachos y drogadictos hay un montón y en varios lugares de Lima, pero donde están ellos también hay infancias. Donde hay prostitutas también están sus hijos, sin derecho a educación. Son realidades difíciles y de ahí la importancia de no tener una mirada desde afuera si uno busca el cambio y también la capacidad de aportar con habilidades. “Yo soy artista plástica y doy lo que tengo, te voy a ofrecer talleres para niños porque eso es lo que sé y es lo que soy”.

Y es que, según su experiencia, si el Gobierno coloca una caseta con libros y vacía, no va a incentivar la lectura porque no está trabajando de forma articulada con la comunidad. Esa es la diferencia con la Biblioteca Miguelina Acosta, cuyo nombre está inspirado en la abogada que hizo la primera tesis feminista en el Perú, que defendía a trabajadores oprimidos por un sistema injusto y que divorciaba a mujeres en el Perú, en un época en la que eso significaba revolución.

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